La vida enamorada de la muerte le hace regalos





Ah, llevaremos una vida feliz, una dorada existencia!
Estas palabras iban acompañadas de caricias delirantes que aturdieron mis sentidos y mi razón hasta el punto de no regalos para san jordi temer proferir para contentarla una espantosa blasfemia y decirle que la amaba tanto como a Dios.Oh, qué razón tiene Job, y cuán imprudente es aquel que no llega a un pacto con sus ojos!Infeliz, en qué trampa has caído!Aquí es -dijo Serapion y, dejando en el suelo su linterna, colocó la palanca en el intersticio de la piedra y comenzó a levantarla.Ella, conmovida por mi dolor, me sonreía dulcemente con la fatal sonrisa de los que saben que van a morir.El obispo, radiante, se apagó de repente, los cirios palidecieron en sus candelabros de oro como las estrellas al amanecer, y en toda la iglesia se hizo una completa oscuridad.Muerta o viva, estatua o mujer, sombra o cuerpo, su belleza siempre era la misma; tan sólo el verde brillo de sus pupilas estaba un poco apagado, y su boca, antes bermeja, sólo era de un rosa pálido y tierno semejante al de sus mejillas.La sangre abandonó su rostro encantador, que se volvió blanco como el mármol; sus hermosos brazos cayeron a lo largo de su cuerpo como si sus músculos se hubieran relajado y se apoyó en una columna, pues desfallecían sus piernas.
El anciano obispo pasó a mi lado; me miró severamente.
Al franquear el umbral una mano se apoderó bruscamente de la mía, una mano de mujer!




Su única ropa era el sudario de lino que la cubría en su lecho de muerte, y sujetaba sus pliegues en el pecho, como avergonzándose de estar casi desnuda, pero su manita no bastaba, y como era tan blanca, el color del tejido se confundía.Vamos lejos, y así no llegaremos nunca -me tomó de la mano y salimos.El paje negro puede haber pasado al servicio de otra mujer.De cuando en cuando, fuegos fatuos se cruzaban en el camino, y las cornejas piaban lastimeras en la espesura del bosque, donde a lo lejos brillaban los ojos fosforescentes de algún gato salvaje.La estela de chispas que las herraduras de nuestros caballos producían en las piedras dejaba a nuestro paso un reguero de fuego, y si alguien nos hubiera visto a esta hora de la noche, nos habría tomado a mi guía y a mí por dos.Calló, y me miró más fijamente aún para observar el efecto que me causaban sus palabras.
Contrariamente al aire fétido y cadavérico que estaba acostumbrado a respirar en los velatorios, un vaho lánguido de esencias orientales, no sé qué aroma de mujer, flotaba suavemente en la tibia atmósfera.
Por fin llegamos a la puerta de la ciudad y empezamos a subir la colina.

La virtud necesita de la tentación, y el oro sale más fino del crisol.
Esta charla no tenía, por supuesto, nada que ver con lo que él quería decirme.
Ni siquiera intenté alejar de mí la tentación; la frescura de la piel de Clarimonda penetraba la mía y sentía estremecerse mi cuerpo de manera voluptuosa.


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